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martes, 14 de abril de 2015

LAS CENIZAS DE MI PADRE


LAS CENIZAS DE MI PADRE
En las circunstancias más variadas y con una frecuencia inusitada el hombre hacía juramentos para darle fuerza y validez a sus afirmaciones. Sus expresiones más utilizadas eran: “Por Dios bendito que sí” y “Se lo juro por las cenizas de mi padre”.  Como nuestro personaje llevaba poco tiempo en el pueblo, nadie conocía sus antecedentes personales o familiares, de  manera que dábamos por descontado que el padre había fallecido.
Era un buen ser humano; cumplía con sus deberes administrativos en el cargo que ocupaba en la Alcaldía Municipal, asistía a la misa de los domingos y carecía de vicios notorios. Lo único que molestaba a quienes lo escuchábamos era su manía de jurar por cualquier motivo; en particular nos sonaba aquello de las cenizas de su padre.
Como nunca hacía alusión a su madre, dimos por descontado que la buena señora gozaba de excelente salud y que su querido esposo estaba muerto y, posiblemente, incinerado; entonces, decidimos nombrar un delegado para que presentara nuestros respetos al amigo recién llegado con nuestro sentido pésame por el fallecimiento de su progenitor.
Nos agradeció la bienvenida pero, ante las manifestaciones de duelo su cara pasó del asombro a la risa desbordada.
¡Noooooooooooooo, si mi padre no está muerto, es que fuma demasiado!


Edgar Tarazona Angel


domingo, 8 de marzo de 2015

DESCORAZONADO






El niñito avanzó con pasos inseguros y tambaleantes hasta el señor que, según decía su mamá, era su padre.
Al llegar junto a él se agarró de sus rodillas rodeándole las piernas con sus bracitos regordetes de infante; tan sólo tenía un año y medio de nacido.
No comprendía   que le impedía  a su famoso padre corresponder a su infantil caricia tan espontánea y tan tierna...
La Gloria y la Fama se habían llevado los afectos del progenitor famoso dejando tan sólo una estatua familiar.

Edgar Tarazona Angel
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viernes, 6 de marzo de 2015

OTROS ADAN Y EVA


Después del naufragio los sobrevivientes llegaron por diferentes maneras a una isla perdida en el Pacífico del Sur. El Gran Holocausto nuclear acabó con la vida en los cinco continentes y ellos sabían, por las últimas noticias que alcanzaron a captar, que los sobrevivientes de la hecatombe eran poquísimos y estaban distribuidos en puntos extremos del planeta. El buque Santo Espíritu había zarpado de San Francisco, California rumbo al lejano oriente con una enorme excursión de feligreses carismáticos que tenían como objetivo conocer otras culturas con sus respectivas creencias y estudiar las posibilidades de predicar la Buena Nueva del Evangelio Total.
El Reverendo Heart había sembrado la semilla del celibato permanente y  la abstinencia total para alcanzar el paraíso en un estado de gracia parecido al de los ángeles. El pecado más condenado y condenable era la lujuria y sus contraventores tendrían una condenación eterna en el lugar más terrible del averno.
Uno tras otro fueron pereciendo los sobrevivientes en un plazo relativamente corto. Un día despertaron dos: un hombre maduro y una mujer joven que miraron horrorizados el cadáver del otro habitante. Ahora tenían por delante el cumplimiento de la misión que oyeron pregonar con súplicas el último día de vida de los miles de millones de habitantes de la tierra y resonaba con ecos bíblicos en sus cerebros fanatizados por sus creencias: “Creced y multiplicaos”
A sabiendas de que el género humano podía desaparecer de la faz del planeta se miraron tratando de darse ánimos para reproducirse. Él andaba por los cuarenta años y ella contaba dieciocho; eran sanos, fuertes y vitales pero debían superar un problema de conciencia no sólo por su religión. ¿Cómo puede un padre engendrar descendencia  con su hija?
Edgar  Tarazona Angel